domingo, 19 de fevereiro de 2012

O oceano do teu desterro


Ante o ebúrneo luar em silente vazio repousa
um cantil de bronze.
Da sede nasce a impiedosa espada da predestinação,
apartando do amor ardente o beduíno errante.
Deslizas por lúdicos vales em busca dos tesouros
do mundo: água e uma tenda à sombra das palmeiras.
Nos braços mutáveis do deserto a perecer o nômade
orando ao Deus único sem questionar sua sorte
enleado na solidão absoluta dos sábios ermitões,
na imensidão erma comovem-se os grãos de areia.
Choro à margem do oceano do teu desterro,
celebras o tudo e o nada, teu semblante
emoldurado na serenidade atrai os pombos do céu.
Observo desdobrar-se, feito pergaminho antigo,
os mistérios da iluminação, fogo sagrado serpenteando
infinitas pilastras erguendo-se das tuas mãos em
concha voltada para o infinito.
Descem dos teus ombros os querubins, teus fieis guardiões,
no instante sublime quando desposavas a eternidade,
qual reencontro dos amantes.
Eis o tuareg e sua inabalável fé, quem houvesse
por graça do altíssimo vislumbrando tua passagem
veria dissolver-se as muralhas que cercam a Quibla e
tomado pelo êxtase, galoparia entre
as estrelas no unicórnio alado que levou
ao paraíso de Allah o grande Derwishe,
Aniz Nasrudin Muhammed.


El océano de tu destierro


Ante el ebúrneo claro de luna en silente vacio reposa
un cantimplora de bronce.
De la sed nasce la impiedosa espada de la predestinación,
apartando del amor ardiente el beduino errante.
Deslizas por lúdicos valles en busca de los tesoros
del mundo: agua y una tienda a la sombra de las palmeras.
En los brazos mutables del desierto a perecer el nómade
orando al Dios único sin cuestionar su suerte
enredado en la solitud absoluta de los sabios ermitaños
en la inmensidad yerma conmueven se los granos de arena.
Lloro a la margen del océano de tu destierro,
celebras el todo y la nada, tu semblante
enmarcado en la serenidad atrae los palomos del cielo.
Observo desdoblarse, hecho pergamino antiguo,
los misterios de la iluminación, fuego sagrado serpenteando
infinitas pilastras erguiéndose de tus manos
vueltas para el infinito.
Descienden de tus hombros los querubines, tus fieles guardianes,
en el instante sublime cuando desposabas la eternidad,
cual reencuentro de los amantes.
He aquí el tuareg y su inamovible fe, quien hubiera
por la gracia del altísimo vislumbrado tu paso
vería disolverse las murallas que cercan la Quibla y
tomado por el éxtasis, galoparía entre
las estrellas en el unicornio alado que llevó
al paraíso de Allah el gran Derwishe,
Aniz Nasrudin Muhammed.

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